El Cristianismo anarquista de León Tolstoi por Pablo Eltzbacher (capítulo I y II).

I. Introducción

León
Tolstoi nació en 1828 en Yasnaia Poliana, distrito de Krapiwna,
gobierno de Tula (Rusia). De 1843 a 1846 estudio en Kasan, primeramente,
lenguas orientales, y después, jurisprudencia. Tras una larga estancia
en Yasnaia Poliana, ingresó en un regimiento de artillería en el
Cáucaso; llegó a ser oficial; continuó hasta 1853 en el Cáucaso, y
después de haber tomado parte en la guerra de Crimea, obtuvo su licencia
en 1855.

Por
de pronto, fijó su residencia en San Petesburgo. En 1857 hizo un largo
viaje por Alemania, Francia, Italia y Suiza. A su regreso a Rusia, vivió
hasta 1860 en Moscú. Entre 1860 y 1861 viajo de nuevo por Alemania,
Francia, Italia, Inglaterra y Bélgica; en Bruselas conoció a Proudhon.

De 1861 en adelante, Toistoi ha residido casi sin interrupción en Yasnaia Poliana, como agricultor y escritor al mismo tiempo.

Ha
publicado numerosos trabajos. Los que vieron la luz hasta 1878 son en
su mayor parte novelas y cuentos, sobresaliendo entre los mismos las
novelas La guerra y la paz y Ana Karenina; las publicaciones posteriores a aquella fecha son, en su mayoría, de índole filosófica.

Para
el conocimiento de la doctrina de Tolstoi sobre el derecho, el Estado y
la propiedad, tienen especial importancia los escritos Confesiones (1879), Breve exposición del evangelio (1880), En qué consiste mi credo (1884), Qué hacer (1885), Sobre la vida (1887), El reino de Dios está en vosotros, o El cristianismo como una concepción nueva de la vida, no como doctrina mística (1893).

Tolstoi
no da el nombre de anarquismo a su doctrina sobre el derecho, el Estado
y la propiedad. El llama anarquismo a aquella teoría que preconiza,
como fin a que debe tenderse, una vida sin gobierno, y cuyo modo de
efectuación puede ser el empleo de la violencia (3).

II. Bases generales

Según
Tolstoi, nuestra suprema ley es el amor; de aqui hace derivar el
precepto según el cual al mal no debe oponerse resistencia por la
fuerza.

Tolstoi dice que toma por base de su doctrina el cristianismo (4),
pero por cristianismo entiende, no la doctrina de una de las iglesias
cristianas, ni la de la iglesia ortodoxa, ni la de la católica, ni la de
ninguna de las diversas iglesias protestantes (5), sino la pura doctrina de Cristo (6).

Por
extraña que la afIrmación parezca, no deja de ser cierto que las
iglesias, no solamente han permanecido siempre ajenas a la doctrina de
Cristo, sino enemigas de ella; cosa por lo demás entendible. No son las
iglesias, como creen muchos, instituciones que tengan un origen
cristiano y que se hallan desviado un poco del camino recto; las
iglesias, como tales, o sea como congregaciones que afirman ser
indefectibles, son instituciones anticristianas. Las iglesias cristianas y el cristianismo, fuera del nombre, nada tienen en común;
es más, se trata de dos elementos perfectamente antitéticos y hostiles.
Aquéllas son la prepotencia, la violencia, la arrogancia, la rigidez,
la muerte; éste es la humildad, la expiación, la sujeción, el progreso,
la vida (7).

Las
iglesias, por complacer al mundo, han transformado de tal modo la
doctrina de Cristo, que de la misma no surge ya ninguna nueva
aspiración, y los hombres pueden vivir en lo sucesivo igual como han
vivido hasta el presente. Las iglesias transigen con
el mundo, y luego que se han entregado a él, el mundo las sigue. El
mundo hace todo lo que las iglesias quieren, y las iglesias, con sus
teorias sobre el sentido de la vida, dejan que el mundo vaya tropezando
tras de ellas. El mundo sigue una vida en todo y por todo contraria a la
doctrina de Cristo, y las iglesias inventan sutilezas para demostrar
que los hombres viven en armonia con la ley de Cristo, cuando viven en
contra de ella. Y fInalmente resulta que el mundo empieza a tener una
vida peor que la de los paganos, y que las iglesias, no sólo se atreven
justificar semejante vida, sino que hasta afirman que ella se acomoda a
la doctrina de Cristo (8).

Diferente de la doctrina de Cristo es sobre todo la doctrina eclesiástica del credo (9), es decir, el conjunto de dogmas absolutamente ininteligibles y, por lo mismo, inútiles (10). Nosotros no conocemos un Dios creador externo, origen de los origenes (ll). Dios es el espíritu del hombre (12), su conciencia (l3), el conocimiento de la vida (l4);
todo hombre reconoce en sí mismo la existencia de un espíritu libre,
racional e independiente de la carne, y ese espíritu es lo que llamamos
Dios (15). Cristo era un hombre (l6), el hijo de un padre desconocido; y como no conocía a su padre, durante su niñez llamaba padre suyo a Dios (l7); era un hijo de Dios por su espíritu, lo mismo que lo es todo hombre (l8), e incorporado así a los hombres que se reconocen hijos de Dios (l9).
Los que afirman que Cristo había rescatado con su sangre a la
humanidad, perdida por el pecado de Adán; que Dios es una Trinidad y que
el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y que por la imposición
de las manos se trasmite a los sacerdotes el poder otorgado a los
apóstoles; que para comprender la redención es necesaria la reflexión
sobre siete misterios, etc., etc. (20), predican doctrinas totalmente ajenas a Cristo (21). Jamás dedicó Cristo ni una sola palabra a afIrmar su propia resurrección o la inmortalidad del hombre más allá de la tumba (22); es más, esto es una idea muy baja y grosera (23); la resurrección y la ascensión pertenecen al número de las más escandalosas fantasías (24).

El
valor de la doctrina de Cristo no depende, para Tolstoi, de que se le
tenga por revelada, sino tan solo de su racionalidad. La creencia en una
revelación fue la causa principal de que la doctrina de Cristo se
concibiera desde luego falsamente, y a esa creencia se ha debido que
luego se le haya hecho sufrir una mutilación completa (25). La fe en Cristo no es la confianza a Cristo, sino el reconocimiento de la verdad (26).

Existe
una ley de la evolución, y por eso debe uno limitarse a vivir su propia
vida personal, dejando lo demás encomendado a esa ley de la evolución;
tal es la última palabra de la refinada cultura de nuestro tiempo, y de esa ofuscación de la conciencia de que son víctimas las clases ilustradas (27).
Pero la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte, es una serie
ininterrumpida de actos, y diariamente tiene el hombre que elegir, de
entre centenares de acciones, aquellas que quiera practicar; por lo
tanto, sin un criterio que le sirva de norma a sus actos, no puede vivir
el hombre (28).
Ahora bien; este criterio no puede ofrecérselo nada más que la razón.
La razón es aquella ley reconocida por el hombre, a la cual debe éste
acomodar su vida (29).
Si no existe una razón superior, y tal razón no existe, ya que nada
puede demostrar su existencia, resulta que la norma suprema de la vida
es sólo mi razón (30). La sumisión cada vez más grande (31) de la personalidad animal a la conciencia racional (32) es la verdadera vida (33), es la vida (34) en contraposición a la pura existencia (35).

En
tiempos antiguos se decía: no investigues; no pienses mas que en la
obligación que nosotros te prescribimos; la razón te engaña; sólo la fe
puede darte la felicidad verdadera. Y el hombre se esforzaba por creer, y
creía. Pero sus relaciones con otros hombres le demostraban que éstos
creían muchas veces en cosas distintas de las que él creía, y que esa fe
les aseguraba la suprema felicidad. Hízose pues inevitable resolver la
cuestión de saber cuál de las múltiples creencias era la verdadera; cosa
que sólo podía encomendarse a la razón (36).
Si el budista que ha llegado a conocer el islamismo sigue siendo
budista, ya no es budista por la fe, sino por la razón. Desde el momento
en que se presenta ante él otro credo, y consiguientemente la
interrogante de sí el credo que ha de abandonar es el suyo o el otro, es
claro que no puede solicitar la respuesta de nadie más que de su razón.
Si ha llegado a conocer el islamismo, y sin embargo sigue siendo
budista, lo que ha sucedido es que el lugar de la creencia ciega en
Buda, ha venido a ser ocupado por la convicción racional (37). El hombre reconoce la verdad únicamente por medio de su razón, no por medio de la fe (38).

La ley de la razón va revelándosele gradualmente al hombre (39). Hace
dieciocho siglos apareció, en medio del mundo pagano romano, una
admirable doctrina nueva que no podía ser comparada con ninguna de las
que la habían precedido, y la cual debe ser atribuida a un hombre, a
Cristo (40). Esta doctrina contiene la más austera, la más pura, la más completa (41) concepción de la ley de la razón a que ha podido llegar hasta hoy el espíritu humano (42). La doctrina de Cristo es la razón misma (43),
y los hombres no pueden menos que aceptarla, porque ella es
exclusivamente la que enseña las normas de la vida, sin las cuales no
pueden vivir los hombres que pretendan comportarse como tales, es decir,
que pretendan vivir racionalmente (44). El hombre no tiene el derecho de renunciar a la razón apoyándose en la razón (45).

La ley que la doctrina de Cristo nos enseña como superior a todas es el amor.

¿Qué
es el amor? Lo que llaman amor aquellos hombres que no comprenden la
vida se reduce al predominio de algunas condiciones de su bienestar
personal. Si el hombre que no comprende la vida dice que ama a su mujer,
a su hijo, a sus amigos, lo único que con ello dice es que la presencia
en su vida de su mujer, de su hijo o de sus amigos aumenta su bienestar
personal (46).

El verdadero amor está en la renuncia del bienestar personal (47), a favor del prójimo.
El verdadero amor consiste en un estado de benevolencia para con todos
los hombres, tal como el que es propio de los niños y que sólo se
presenta en los hombres adultos por su abnegación (48).
Qué hombre viviente no conoce -aún cuando sólo lo haya sentido una vez
durante su más temprana infancia; que hombre viviente no ha
experimentado el dichoso sentimiento de la emoción, cuando uno quiere
amarlo todo, al vecino, al padre, a la madre, a los hermanos, a los
hombres malos, a los enemigos, al perro, al caballo, a la hierba; cuando
quiere que todo vaya bien, que todo sea feliz; todavía más, cuando
quisiera hallarse en situación de poder hacer feliz a todo el mundo;
cuando desearia sacrificarse a si mismo, entregar su propia vida para
que todo estuviese bien, rebosando alegría. Esto justamente, y sólo
esto, es lo que constituye el amor en que consiste la vida humana (49).

El verdadero amor es un ideal de perfección completa, infmita, divina (50).
La perfección divina es el objetivo de la vida del hombre; a ella
tiende éste de un modo incesante; a ella se va acercando más cada vez,
pero no puede alcanzarla enteramente (5l).
La verdadera vida consistía, según las anteriores doctrinas, en el
cumplimiento de los preceptos, en la obediencia a la ley; pero según la
doctrina de Cristo, consiste en aproximarse todo lo posible a la
perfección divina, que todo hombre trae dentro de si mismo (52).

El
amor es, según la doctrina de Cristo, nuestra suprema ley. El precepto
del amor es el que representa lo más intimo y fundamental de esta
doctrina (53). Hay tres, solo tres concepciones de la vida: primera, la personal o animal; segunda, la social o pagana (54), tercera, la cristiana o divina (55).
El hombre de la concepción animal, el salvaje, sólo reconoce la vida en
si mismo; el resorte de su vida es el bienestar personal. El hombre
social, pagano, no reconoce ya exclusivamente la vida en sí mismo, sino
también en una comunidad de personas, en la tribu, en la familia, en la gens,
en el Estado; el resorte de su vida es la gloria. El hombre de la
concepción divina, no solamente reconoce la vida en su persona, ni
solamente en una comunidad de personas, sino que la reconoce también en
la fuente primitiva de la vida eterna, inmortal … en Dios; el móvil de
su vida es el amor (56).

Que
el amor sea nuestra suprema ley, según la doctrina de Cristo, no
significa otra cosa sino que lo es según la razón. Ya en 1852 Tolstoi
expresó esta idea: la única verdad sobre la Tierra es que el amor y el
obrar bien son la verdad (57), y mucho después, en 1887, ha dicho que el amor es la única actividad racional del hombre (58), la que resuelve todas las contradicciones de la vida humana (59).
El amor evita que nuestra actividad se encamine de manera insensata tan
sólo a llenar el receptáculo sin fondo de nuestra personalidad animal (60); al suprimir la loca lucha que enfrenta a unos con otros, buscando cada quién su propia felicidad (61);
da a la vida un sentido independiente del tiempo y del espacio, a la
vida que carente de amor se deslizaría sin sentido alguno ante la
perspectiva de la muerte (62).

De la ley del amor hace derivar, la doctrina de Cristo, el precepto según la cual no debe resistirse al mal con la violencia. No resistas al mal
significa: no hagas jamás resistencia al malvado; es decir: no hagas
nunca violencia a otro, o sea: no realices jamás acto alguno que
contradiga el amor (63).

Cristo derivó este precepto expresamente de la ley del amor. Cristo dio muchos preceptos, pero sobre todo cinco, en el sermón de la montaña; estos preceptos no forman la doctrina, sólo constituyen uno de los innumerables grados de la aproximación a la perfección (64); todos ellos son negativos y solamente muestran (65) lo que en la presente edad de la humanidad (66) está ya enteramente en nuestras manos dejar de hacer en la vía de nuestros esfuerzos hacia la perfección (67). El primero de los cinco preceptos del sermón de la montaña dice: ten paz con todos, y si ésta se rompe, haz todo lo posible por restablecerla (68);
el segundo: no tome el hombre mas que una mujer, y la mujer un solo
hombre, y ninguno de ellos abandone al otro bajo ningún pretexto (69); el tercero: no hagas ningún género de promesas (70); el cuarto: soporta las flaquezas; no devuelvas mal por mal (71); el quinto: no rompas la paz por favorecer a tu pueblo (72). El más importante de estos preceptos es el cuarto, que se halla expresado en el capítulo V de Mateo, versículos 38 y 39, que dicen: Habéis oído, puesto que se ha dicho: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no debéis resistir al mal (73).
Tolstoi refiere que este pasaje ha sido para él la clave de todo (74).
Yo no he necesitado interpretar estas palabras, sino sencillamente
aceptarlas tal y como fueron dichas, para poder entender la doctrina de
Cristo, el sermón de la montaña, los Evangelios, y todo cuanto me había
parecido embrollado, encontrando coherente y orgánico lo que había
creído contradictorio, y viendo que las cosas fundamentales más que
útiles, deben ser consideradas necesarias; todo ello forma un conjunto,
donde lo uno confirma sin la menor duda lo otro, como los pedazos de una
columna rota cuando se colocan en su verdadero lugar (75). El principio
de la no resistencia liga todas las partes de la doctrina en un todo,
pero solamente en el caso de que el mismo no sea una mera sentencia,
sino una regla coercitiva, una ley (76). Ese principio es efectivamente
la llave que todo lo abre, pero sólo cuando penetra en el interior de la
cerradura (77).

El
precepto de la no resistencia al mal por medios violentos debemos
hacerlo derivar necesariamente de la ley del amor. Pues esta ley exige
encontrar una señal segura e indiscutible del mal, o que se desista de
toda oposición violenta contra el mismo (
78).
Hasta ahora, la determinación de lo que sea malo y de lo que debe ser
combatido como resistencia violenta, ha correspondido al Papa, a un
emperador o rey, a una asamblea electiva, o bien a todo el pueblo. Pero
siempre ha habido hombres, tanto dentro como fuera del Estado, que no
han reconocido como obligatorios para sí mismos, ni los preceptos que se
dan como divinos, ni las prescripciones humanas que se revisten con el
carácter de santidad, ni las instituciones que debían expresar la
voluntad del pueblo; hombres que consideran bueno lo que las potestades
actuales tienen por malo, y que hacen uso de la fuerza en todo caso
contra la fuerza de estas potestades. Los hombres revestidos de carácter
sagrado consideran malo lo que los hombres y las instituciones dotados
de poder secular tienen por bueno; y así la lucha se hace cada vez más
aguda. De esta suerte se ha llegado a donde hoy están las cosas, es
decir, al convencimiento pleno de que ni existe ni puede existir un
medio para determinar de manera precisa y de un modo obligatorio para
todos, el concepto de mal (79). De donde resulta la necesidad de admitir la solución dada por Cristo (80).

Según Tolstoi, no ha de considerarse que el precepto de la no resistencia prohiba toda lucha contra el mal (81). Lo único que prohibe es la lucha violenta contra éste (82).
Pero esa lucha violenta la prohibe en toda su extensión. Por
consiguiente, la prohibición se refiere, no tan sólo al mal que se
ejecute contra nosotros mismos, sino también al que se realice contra
nuestros prójimos (83); cuando Pedro cortó una oreja al sirviente del Gran Sacerdote,
no se defendía a sí mismo, sino que defendía a su amado y divino
maestro, sin embargo, Cristo le prohibió hacerlo, diciéndole: El que hace uso de la espada debe morir bajo el golpe de la espada (84).
Tampoco dice el precepto que sólo una parte de los hombres esté
obligada a someterse sin resistencia a lo prescrito por ciertas
autoridades (85),
sino que prohibe a todo hombre hacer uso de la fuerza contra cualquier
otro, en todo caso; por lo tanto, se lo prohibe también a aquellos, y
especialmente a aquellos que disponen del poder (86).

Extraído  parcialmente de la pag. web: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/derecho/tolstoi/indice.html

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