Desarrollo económico sostenible

Interesante artículo acerca del hombre, su requerimiento energético a traves de su evolución y como actualmente se ¨pretende¨ hacer sostenible el (ab)uso de energía por la humanidad.

Introducción

El rumbo de colisión de nuestra
moderna sociedad industrial y capitalista que ahora todo lo invade, muerto el
otro sistema que competía, el comunista, que también buscaba el
desarrollo industrial y el bienestar material, aunque no lo consiguiese de la
misma forma, amenaza dar al traste totalmente con el planeta, ya en un estado
bastante calamitoso.

Los mandamases de la economía,
que dirigen a los mandamases de la política siguen sin moverse un ápice,
en su línea de crecimiento continuo y exponencial, pero eso si, para
acallar las crecientes voces que claman por el desastre planetario, arguyen
que ahora vamos a ir todos por la senda del “desarrollo ecológico
y sostenible”. Y se quedan tan contentos, porque esa entelequia no les
obliga a nada. Pero veamos, de una forma más concreta y detallada, qué
significa el “desarrollo” y qué significa que sea”ecológico”
y “sostenible”.

Kioto y los fumadores

El mayor logro “ecológico”
de los últimos veinte años, ha sido el intento de poner en marcha
el denominado Protocolo de Kioto, al que se opone firmemente el primer emisor
mundial de humos del planeta (emite exactamente el porcentaje de la energía
que consume, certificando una vez más, desde el comienzo de la sociedad
industrial, que consumo energético, debido a la actividad industrial,
equivale a emisiones y a contaminantes en la misma proporción). Además
de la negativa de los EE.UU. a suscribir ese Protocolo, ahora parece que Rusia
dice que tampoco lo ratificará e incluso su presidente ha señalado,
con toda la crudeza del mundo, que a Rusia, de clima tan frío, le puede
venir bien un calentamiento global de algún grado centígrado que
otro. Nadie ha reclamado que se le juzgue en el TPI hasta el momento, por esas
declaraciones.

El Protocolo de Kioto ha sido asumido
incluso por muchas ONG’s, como un objetivo lícito, deseable y saludable
para el planeta. Otros, más posibilistas y algo menos desinformados,
dicen que este Protocolo intenta hacer lo que se puede, dadas las circunstancias.
Hay incluso ONG’s que se han puesto a la labor de intentar que los que
no quieren firmar, firmen y dedican grandes esfuerzos al asunto (y se supone
que incluso obtienen algunas subvenciones por ello)

¿Y que es lo que pretendía
Kioto, después de todo? Pues, a grandes rasgos, es un acuerdo, alcanzado
en 1997, que pretende que el mundo emita en el año 2012 sólo el
95% de los gases nocivos y de efecto invernadero que ya emitía en 1990.
Esto es exactamente igual, en todos los sentidos, que la declaración
de un fumador empedernido, que hoy se fuma cinco cajetillas diarias (esto es,
cien cigarrillos), y jura solemnemente que hará un esfuerzo serio y que
en el año 2025 ya sólo fumará 95 cigarrillos diarios. Pero
además, en el juramento hace constar que se le permitirá “comprar”
humo a los que no fumen mucho y necesiten dinero. La mayor y mejor propuesta
ecológica de las últimas décadas, no deja de ser una vulgar
y gigantesca estafa, que ya vamos sabiendo, jamás verá la luz
y que aunque la viese, no supondría mejora alguna para el lamentable
y cada vez más degradado estado de nuestro planeta.

El Protocolo de Kioto no dice nada
de que el fumador tenga que dejar de comprar los 5 cigarrillos menos en los
22 años que se ha dado de plazo y de encenderlos sin fumárselos.
Es más bien al contrario, sigue pensando que el sistema funciona mejor
si se siguen comprando y encienden cada año un 3 ó un 4% más
de cigarrillos que el año anterior; esto es, espera el imposible de que
la actividad económica, industrial y por tanto, la del consumo energético
del capitalismo siga creciendo lo que pueda y cuanto más mejor, pero
que al mismo tiempo, se produzca el milagro de que ese crecimiento infinito
no conduzca a una mayor contaminación. Las matemáticas del gráfico
2 muestran el cinismo de la propuesta. El Protocolo de Kioto parece tragarse
el humo, porque nunca se ha visto crecimiento económico sin crecimiento
de consumo energético y por tanto, de crecimiento de contaminación.

El hombre son 100 vatios (1)

Volviendo a lo que es desarrollo,
lo que es ecológico y lo que es sostenible, desde un punto de vista puramente
físico y termodinámico, el ser humano es una maravillosa máquina
que apenas consume lo que una bombilla de 100 vatios encendida mientras dura
su vida. Eso son, a ojo, las 3.000 kilocalorías que las organizaciones
mundiales recomiendan como ingesta mínima diaria. Los 100 vatios son,
claro está un promedio. Los adultos en movimiento consumen más;
sentados algo menos, durmiendo algo menos; los niños menos que los hombres
y los ancianos también, así como las mujeres, que en promedio
consumen algo menos que el hombre. Un atleta como Induraín, en pleno
esfuerzo, podía desarrollar entre 300 y 500 vatios, pero esa punta energética
le duraba poco. Este artículo, al contrario que los que cifran el sistema
energético humano en calorías, pretende ilustrar, de forma más
práctica, el mismo consumo. Parece que el consumo de una bombilla, que
nos parece tan poco, es más asimilable que el de unas cuantas kilocalorías.

La máquina humana es excepcional.
Sigue fielmente, como no podría ser de otra forma, las leyes de la termodinámica.
Ingresa en su cuerpo la energía y admite combustible en múltiples
y muy diferentes formas: desde carne animal hasta vegetales de todo tipo. También
es capaz de ingresar la energía directamente de los rayos de sol. Como
la máquina tiene que mantener el equilibrio termodinámico, el
ser humano devuelve la misma energía que recibe (salvo que engorde sistemáticamente
hasta explotar) y lo hace de diversas formas: mediante el movimiento corporal
y muscular, que consume energía y la disipa en forma de calor a través
de la piel y del sudor y los restos, por las heces. Ese es el sistema equilibrado.

Esa máquina ha sobrevivido
sin prácticamente alterar el medio durante varios millones de años
en una forma similar a la que conocemos hoy; es lo que los antropólogos
denominan el cazador-recolector; un hombre peludo, capaz de vivir en entornos
climáticos suaves, totalmente desnudo y utilizando las cuevas para albergarse.

El cazador-recolector pasa en este
estado millones de años y un buen día, Prometeo roba el fuego
a los dioses y comienza a calentarse con él y a cocinar y ablandar los
alimentos que ingiere. Esto sucede hace apenas unas decenas de miles de años;
cien mil a lo sumo. Desde un punto de vista físico y calórico,
la aportación del fuego de leña y pajas para calentarse y cocinar
apenas le permite al hombre resistir mejor la vida en tierras más frías
o a alguna glaciación y le facilita (disminuye su esfuerzo energético
por conseguir energía) la digestión de alimentos. Los físicos
y antropólogos han calculado que esa aportación energética
extra que proporciona el fuego al cazador-recolector primigenio, para los propósitos
mencionados, es del orden de unos 50 a 100 vatios adicionales. El hombre-Prometeo
se convierte así en una máquina de consumir (es decir, transformar)
sus cerca de 100 vatios, mas los del fuego que ya domina; una máquina
de digamos 175 vatios, en su entorno natural.

Esa situación sigue bastante
estable durante decenas de miles de años, sin apenas transformación
de la Naturaleza hasta que el hombre domestica los primeros animales y comienza
a cultivar la tierra, esos dos hitos casi de forma simultánea, considerando
la antigüedad del hombre sobre la Tierra. Al respecto cabe mencionar que
nuestra cultura siempre ha tendido a contar que cualquier tiempo pasado fue
peor y que aquellos cazadores-recolectores, con o sin fuego, las debían
pasar de a kilo.

Muchos antropólogos lo desmienten
y afirman que los estudios de ejemplares muestran cuerpos bien formados, musculosos
y de huesos duros y resistentes, dentaduras casi perfectas y grados de supervivencia
notables. Y dos aspectos son incuestionables: si nosotros estamos aquí,
es porque ellos, aquel millón o escasos millones de homínidos
sobre el planeta supieron sobrevivir a desastres climáticos y ataques
de animales en una naturaleza hostil y dominadora. Supieron transmitir su gen,
sus trazos genéticos sin deformaciones notables (seguramente con mejoras
de selección genética natural, según los criterios darwinianos).

La segunda evidencia es que supieron
hacerlo sin dañar el entorno para sus sucesores, para los de su gen.
Dejaron, como hacen constar los naturalistas y los geólogos, la mayoría
de los bosques, de las aguas dulces, las pesquerías y las reservas de
caza, tal y como las recibieron de sus antepasados. Estas dos evidencias son
mucho más de lo que seguramente los orgullosos hombres del capitalismo
industrial podremos legar a nuestra propia gen.

Y así, llegamos a la era agrícola
y ganadera, que los expertos estiman comenzó hace unos siete mil años.
El famoso antropólogo Marvin Harris, sugiere que estos cambios, que siempre
se han presentado en nuestra cultura como avances, no eran posiblemente otra
cosa que saltos impuestos por la naturaleza, por causa de algún agotamiento
o escasez, más que libres opciones causadas por el progreso o la inteligencia
y adoptadas con el libre albedrío humano.

Las aportaciones energéticas
extras que se obtenían de la carne animal que no había que ir
a cazar (con gasto energético a veces muy considerable) y las de los
alimentos vegetales seleccionados, que crecían masivamente en valles
fértiles bien irrigados, sin tener tampoco que ir a buscarlos lejos,
supusieron un aporte extra, que los expertos vuelven a calcular grosso modo,
en otros 100 vatios. Ya tenemos un ser humano que equivale a unos 275 vatios
en promedio, al comienzo de la era agrícola primitiva. Algunos valles
empezaron a notar la presencia humana, por primera vez en la historia del planeta
Tierra, si bien todavía eran insignificantes.

Este salto produjo dos efectos colaterales,
como ahora se dice, muy importantes: por un lado, permite que las agrupaciones
humanas empiecen a tener que usar sistemas de almacenamiento de alimentos (para
ellos mismos y para el ganado), dado que los cultivos permiten estos excedentes.
Poco después, hacia el 3.500 a. C. aparecen las primeras ciudades Estado.
El hombre de 275 vatios utiliza sus 175 vatios que exceden de su necesidad vital
mínima para hacer posible este portento. Hacia esas fechas, la escritura
aparece como por ensalmo.

Los primeros escritos sumerios tienen
más de tablillas contables (¡pronto empezaron, los economistas!
Solo les hizo falta ver un stock de alimentos y ganado para ponerse a calcular)
que de escrituras abstractas, aunque también revelan otra circunstancia:
los hombres tenían comunicaciones verbales muy fluidas que la escritura
no hizo sino plasmar. Los hechos que desde la noche de los tiempos siempre han
interesado al hombre, ya se transmitían de forma oral y al decir de muchos
expertos, con una fiabilidad y una persistencia que para sí quisieran
los discos duros actuales. Así, el Diluvio y la mayoría de las
historias bíblicas, que no son otra cosa que relatos de aprendizaje del
hombre en entornos difíciles y de la gloria y las servidumbres de su
condición, ya se transmitían en cuentos e historias verbales,
antes de que los sumerios empezaran a plasmarlas en forma escrita.

Ahí empieza la historia
(con los primeros registros escritos) y el disparo exponencial del activar del
ser humano sobre la Tierra, de forma tangible y sustancial. Su disparo de consumo
energético. La cultura agrícola avanzó y empezó
a utilizar maquinaria más sofisticada que la simple plantación
manual de semillas. El arado romano, las máquinas de la edad moderna
y los grandes sistemas de irrigación de las grandes culturas (la maya,
azteca e inca en el continente americano, la hindú y la china y algunas
europeas), hicieron avanzar el consumo per capita de los 275 a más de
300 vatios; pongamos 350 ó 400 vatios per capita, en promedio. Claro
está, que África, muchos pueblos de América y Asía
y Oceanía seguían fieles a su instinto, o vayan ustedes a saber
si a la casualidad, con la mayoría de sus pueblos en situación
de cazadores-recolectores, eso sin, con el fuego, o de agricultores primitivos;
es decir, entre los 175 y los 275 vatios.

El hombre de 400 vatios está
a la altura de los comienzos de la era moderna, en las postrimerías del
siglo XV, apenas ayer, en términos históricos. Con ese aporte
energético extra y con las herramientas y ventajas que le ofrece, respecto
de los que siguen “inalterados” ( o menos alterados”, en el
sentido energético), se lanza a la conquista de continentes, África
por la costa oeste, Asia y hacia el este, América. Comienza con la pólvora
la era del ruido y las explosiones. Como algunos decían orgullosamente
( y algunos todavía lo dicen hoy) en algún imperio empezó
a no ponerse el sol.


Tres siglos después, es decir,
apenas unas horas después en el reloj de la historia, llega el siglo
de las luces. El mundo ya estaba algo transformado. Había estructuras
humanas que ya se veían desde la luna (la muralla china, por ejemplo)
y grandes extensiones habían sido transformadas para cultivos, algunos
bosques se empezaron a talar para obtener madera para hacer barcos y estructuras
de edificios.

El siglo XIX trae la maquinización.
Watt inventa la máquina de vapor que funciona primero con madera e inmediatamente
después, una vez esquilmados la mayoría de los bosques de las
islas Británicas, del carbón que hay en el subsuelo (obsérvese
que los saltos, más que avances logrados libre y voluntariamente, parecen
huidas hacia delante en la búsqueda desesperada de soluciones por los
agotamientos a que da lugar el estadio anterior). Daimler-Benz inventan el motor
de combustión interna, y Ford lo pone en forma industrial y de fabricación
en cadena.

El asunto es imparable. Eso funciona
con gasolina y el petróleo pasa de ser una exótica cuestión
medicinal que se extrae de fuentes a nivel del suelo y como mucho para la iluminación
de lámparas de queroseno, a ser la sangre de dinosaurio con el que se
empieza a alimentar la infernal maquinaria industrial. La Alemania del siglo
XIX alcanza los 3.000 vatios per capita, a la chita callando. En apenas cien
años, el hombre avanza logarítmicamente en su consumo (transformación).
La Naturaleza empieza a crujir. Los ríos empiezan a bajar muertos. Churchill
diseña el cambio de la flota imperial del carbón al petróleo,
para ganar en movilidad, en autonomía y en flexibilidad. Lawrence de
Arabia trabaja para el Imperio en el medio Oriente, como hoy lo hace Colin Powell.
Ya son conscientes de que allí está la sangre de los dinosaurios
que su sistema succiona con fruición, la que se necesita para que el
hombre pueda creerse que su movimiento es perpetuo y gratuito, algo que las
leyes de la termodinámica, enunciadas también al albur de esa
época, niegan tajantemente.

Hoy tenemos un mundo que, gracias
a ese sueño del movimiento continuo y a creerse la ficción de
las máquinas de movimiento perpetuo, han subido gracias a la mecanización
incesante, hasta los 6.000 millones de personas. El promedio de consumo actual
mundial de toda esta gente, está en unos 2.200 vatios per capita. Es
decir, la sociedad humana, con sus 6.000 millones de socios, ha conseguido organizar
una gigantesca feria en la que cada uno de nosotros, que podría vivir
con un consumo de una bombilla de 100 vatios, mantiene encendidas sobre su cabeza
22 bombillas de forma permanente.

Claro, como en el chiste de la estadística
y del pollo, no todos se comen uno. La situación, a grandes rasgos, está
como sigue:

  • Los EE UU y Canadá
    tienen el récord de consumo, con cerca de 12.500 vatios per capita.
    Llevan ciento veinticinco bombillas de cien vatios cada uno permanentemente
    encendidas.

  • Le siguen Japón
    y los países de la antigua URSS, que andan entre los 5.500 y 5.000
    vatios.

  • Europa occidental,
    con unos 4.600 vatios per capita. Cuarenta y seis bombillitas de 100 vatios
    sobre la cabeza permanentemente encendidas.

El 5% de la población,
los ciudadanos norteamericanos de EE.UU. y Canadá consumen el 30% de la
energía primaria. Y el 10% de la población más rica, supera
el 50% del consumo mundial.

  • La escala de consumos
    va bajando y los chinos, que hacen grandes esfuerzos por alcanzar modos de
    vida y niveles de consumo lo más altos posible, acaban de superar el
    promedio mundial. Los poco más de mil vatios per capita, aunque son
    mil doscientos millones de capitas. Todavía consumen siete u ocho veces
    menos que los norteamericanos, siendo más de cuatro veces más.
    Todavía cada chino consume unas 30 veces menos que cada norteamericano.


  • Latinoamérica, con su crecimiento demográfico y sus crisis financieras
    (de papel), han terminado quedándose en los 1.500 vatios per capita.


  • Finalmente, India y los países de sudeste asiático y el África
    que está por debajo de la franja norte que produce gas y petróleo,
    se encuentran como antes de la revolución industrial, en los niveles
    de entre 300 y 500 vatios per capita. Han conseguido todas las desventajas
    de las sociedades modernas (contaminación brutal e inducida por los
    ricos, explotación inmisericorde de sus recursos, renovables hasta
    que dejan de serlo- bosques, etc.- y no renovables, armamento para autodestruirse,
    que hay que pagar bien pagado a los países ricos, aglomeraciones urbanas
    espantosas y sin urbanismo), junto a todas las desventajas de las sociedades
    preindustriales (falta de estructura sanitaria para prevención de epidemias
    y pandemias, pero no para la multiplicación de la especie, falta de
    educación, etc. etc)

Figura
4
| Figura
5
(se abren en una nueva ventana)

¿Y qué es lo que ha
provocado esta feria de las vanidades, en la que seiscientos millones se pasean
por el mundo con sesenta bombillas encendidas, mientras que el resto tiene que
vivir con unas ocho bombillas?

Pues ha pasado que con tanta luz
y tantos taquígrafos, hemos llegado a los 6.000 millones. Pasa que hemos
consumido la mitad de los combustibles fósiles que la madre Tierra tardó
decenas de millones de años en acumular. Y lo que es peor, a partir de
ahora, solo se va a poder consumir cada vez menos, porque el patrón de
extracción y agotamiento sigue una curva ascendente, pero que cuando
llega a la mitad de su contenido, empieza a bajar irremisiblemente. Veremos
cómo se empiezan a apagar las bombillas ahora y la gran pregunta es en
qué forma, quien va a tenerlas que apagar, por razones de nacionalidad,
raza, religión o sobre todo, estado social y en qué secuencia.

¿Sostenible?

Esto nos lleva directamente al asunto
del desarrollo, la ecología y la sostenibilidad. Si vemos el planeta
en su conjunto, el promedio de consumo mundial son 2.200 vatios per capita.
Eso son 22 veces más de lo que el ser humano estrictamente necesita para
sobrevivir. Pero está claro que consumiendo 2.200 vatios por persona
en promedio, esta civilización industrial y capitalista no es sostenible,
no es ecológica. Así pues ¿Cómo desarrollarla aún
más, si con lo “desarrollada” que ahora mismo está,
ya se está cargando el planeta? ¿Cuántas bombillas tenemos
que apagar, voluntariamente y en promedio, para que los 6.100 millones que somos
podamos seguir viviendo? ¿Quiénes son los que tienen que hacer
el mayor esfuerzo y apagar más bombillas? ¿Y qué sucederá
con esas presuntuosas y poderosas naciones industriales y desarrolladas si les
toca apagar la mayor parte de sus consumos? ¿Lo permitirán, teniendo
como tienen los ejércitos más poderosos y los medios de control
económico y financiero del mundo?

Los gráficos no engañan,
al menos en órdenes de magnitud, pero los políticos engañan
miserablemente a sus ciudadanías. A las opulentas, les interesa hacer
ver como que no se dan cuenta o les interesa creer que unos signos superficiales
de esfuerzo serán suficientes. Hay muchas organizaciones caritativas
que viven de pedir el 0,7% del PIB de los ricos para los pobres. Los gráficos
anteriores indican que se trata de otros niveles, de otros órdenes de
magnitud. No es un 0,7%, ni siquiera un 7%. Esto sólo se nivela si los
ricos ceden, y pronto, al menos el 70%.

Existe una organización, muy
preocupada por el calentamiento global, las emisiones de gases y la contaminación,
que propugnan lo que denominan “Contraction & Convergence”;
esto es, que los ricos tienen que contraer sus crecimientos (es decir, que tienen
que disminuir sus consumos) por una parte y por la otra, que deben hacer un
esfuerzo de aproximación y disminución de las diferencias con
los pobres, lo que significa un doble esfuerzo de ahorro y de decrecimiento
planificado. Pero puesto en contacto con ellos y una vez se les presentan estas
cifras sobre la mesa y se les pide que digan hasta qué nivel deben bajar
los ricos y poderosos, dan la callada por respuesta.

Sucede que ahora no es tan fácil
volver a la sociedad preindustrial para los 6.000 millones. Pasa que el planeta
está a punto de llegar a un 50% viviendo en zonas urbanas; que las grandes
megápolis son el paradigma de la feria de las bombillitas y que solo
existen en tanto en cuanto la sociedad industrial permite mantenerlas encendidas.
Lo que sucede es que no es fácil frenar y dar marcha atrás.

Está claro que no hay nada
de sostenible en lo que estamos haciendo El consumo de todos esos fósiles
ha hecho posible la destrucción de bosques (más del 55% del total
mundial), los ha contaminado (más del 30% de los bosques europeos que
quedan están medio muertos por la contaminación). Ha erosionado
las tierras y las ha destrozado para crear la “revolución verde”
con la que decían harían el milagro de alimentar a miles de millones.
Han hecho posible que 11 millones de Km2 (el 10% de la superficie total terrestre)
hayan sido ocupados para cultivar, lo que no parece mucho, pero eso es porque
70 millones de tractores y cientos de millones de toneladas de fertilizantes
químicos y pesticidas, que se producen con energía fósil,
ayudan a que solo sea eso, a base de contaminar e intensificar la explotación
de las tierras de cultivo. Ello se ha llevado unos 4.000 Km3 de aguas dulces,
de los 9.000 km3 de que disponen los seres humanos de forma más o menos
accesible. Y muchos de los grandes ríos de mundo bajan muertos.

Estos simples 2.000 vatios per capita,
las 20 bombillas sobre cada cabeza humana, han creado un agujero en la capa
superior de ozono de nuestro planeta, de un tamaño tres veces superior
al de la superficie de los EE.UU., en tiempos que tres generaciones humanas
pueden medir. Han hecho subir la cantidad de anhídrido carbónico
en el aire que respiramos, de 280 partes por millón a unas 400 partes
por millón en amplias zonas del planeta. Y estos datos escalofriantes,
siguen aumentando y degradando la Tierra. No hay río europeo principal
que no baje muerto biológicamente. ¿Cómo vamos a hacer
algo sostenible, los que no sólo consumimos los 2.000 vatios del promedio,
sino que estamos en más de 10.00 vatios? ¿Cómo tenemos
la cara de decir que vamos a ayudar a los demás a que no contaminen?
¿Cómo podemos permitir que se “compren” los derechos
de contaminación a los que contaminan menos del promedio?

El gran asunto es cómo volver
atrás con seis mil cien millones de seres y el planeta en ese lamentable
estado, a los estados preindustriales. Hay muchas organizaciones comprometidas
y conscientes del problema que representa para el planeta el agotamiento de
los combustibles fósiles y de la degradación creciente del planeta.
Tienen estos datos que son públicos, pero no se atreven a formular una
política de descenso con las cifras en la mano, porque tendrían
que decir a los dirigentes: ustedes deben apagar tantas bombillas de la cabeza
de cada uno de sus ciudadanos y rápidamente. Y saben que eso no lo aceptarían.
Mejor muertos entre humos en medio de las batallas. Así que siguen jugando
al bonito juego del peligro que se avecina.

Por poner un ejemplo, el nuevo borrador
de la Constitución Europea, preparado por cientos de grandes expertos
de todas las naciones europeas, se llena de textos melifluos sobre la “sostenibilidad”,
el “desarrollo armónico con el entorno y la naturaleza”,
el “desarrollo ecológico”, etc. etc., pero no dice nada en
concreto sobre como lograr ese objetivo. Y hay solo una fórmula: apagar
muchas bombillas. Lo demás son cuentos. Para lo demás no hay tiempo.
Pues bien, de las más de 260 páginas que el Sr. Valery Giscard
d’Estaing ha presentado como borrador de Constitución, apenas media
página de vaguedades se dedica a la energía y tres o cuatro a
los transportes, también llenas de lugares comunes.

La cuestión es si los que
están en las posiciones de cabeza, en un mundo en el que se van a apagar
las bombillas pronto y de forma inexorable, están dispuestos a bajar
aún más de lo que porcentualmente tocará bajar al total
de la población humana, para dar algo de estabilidad a los pobres o si,
por el contrario, los de cabeza ya se están armando y buscando excusas
para ELIMINAR directa y sencillamente a los pobres del planeta.

Grave dilema, porque eso tampoco
les ayuda mucho. Los que llevan un tren de vida de 60 bombillas encendidas,
decíamos que eran el 10% de la población y consumían más
del 50%. Si segmentamos de otra forma, el 75% de la población del planeta
apenas consume el 25% de la energía mundial y el 25% restante de población
se lleva el 75% de la energía. Así que incluso aunque el 25% de
los ricos del mundo ya se hubiese decidido a eliminar al 75% de la población
pobre, eso ¡solo les aportaría un 25% extra a su 75% de consumo.

Este es un importante aviso, porque
a la preocupación, aunque sea aparente, por volver a un mundo que sea
sostenible por razones de supervivencia y ecología, se une el que el
agotamiento de los fósiles está, si no llegando a su fin, si ciertamente
llegando a su cenit. Muchas personas siguen pensando que el problema llegará
cuando se acaben, pero no se dan cuenta de que el problema, para esta sociedad
acostumbrada al crecimiento infinito, vendrá justo en el momento en que
un determinado año empiece a haber menos energía disponible que
el anterior y sobre todo cuando ya se sepa que eso seguirá cuesta abajo
TODOS LOS AÑOS, de forma inexorable y a ritmos que oscilan, al decir
de los expertos, entre el 1% y el 7% anual.

El profesor de la Universidad
de Uppsala, Kjell Aleklett, presidente de ASPO, ha comentado
recientemente a la cadena de noticias CNN que es más que posible, que
los graves efectos de la degradación del planeta, producto de las emisiones
de gases y de las combustiones de los fósiles y de la actividad industrial
en general, se vean superados ampliamente por la escasez creciente de energía,
empezando por el petróleo que ahora representa el 40% del consumo primario
de energía mundial y siguiendo, muy rápidamente, por el gas natural,
que representa más del 20% de la energía primaria mundial.

El profesor Kenneth
Deffeyes
, de la Universidad de Princeton, sugiere que el cenit del petróleo
ya se alcanzó en el 2000, ya que en el 2001 se produjo menos que en el
2000, en el 2002 menos que en el 2001 y el 2003 leva trazas de producir menos
que el 2002, aunque nadie parece querer reconocerlo. Deffeyes cree que esta
vez ya se ha llegado al techo que otros geólogos estiman hacia el 2005-2006
y que ahora viene la cuesta abajo, permanente e inexorable. Cada año
habrá menos petróleo para más gente, mientras la inercia
del crecimiento de población siga su curso habitual. Los economistas
denominados por estos geólogos “de la tierra plana”, por
su empeño en no reconocer que los fósiles existen en cantidades
limitadas, creen que fue primero la gallina antes que el huevo y culpan de la
menor producción a la economía y al estado de cosas en la política
mundial. Pronto lo veremos.


El problema que se presenta a los grandes planificadores de genocidios de grupos
humanos “ajenos”, es que matar al 75% de la población humana
cuesta mucho y no solo desde el punto de vista económico (por favor,
olvídense aquí de ficciones económicas; esto es un problema
puramente físico), sino, sobre todo, desde el punto de vista energético:
movimientos de tropas, mantenimiento de las mismas (los romanos sabían
lo que cuesta mantener legiones lejos del imperio y lo poco fiable que resulta
utilizar pretorianos (“profesionales” se dice hoy) y esclavos conscriptos
para matar esclavos, fabricación de maquinaria, etc., etc. Y todo por
ganar un 25% (bruto; quítese el gasto antes mencionado) al 75% de la
energía mundial que ya consumen, si es que los pobres del planeta no
se llevan una considerable parte por delante con ellos (Irak quemó en
Kuwait el 1% de las reservas mundiales de petróleo en su retirada y eso
que perdieron).

Claro, siempre hay formas expeditivas
que tienen menor gasto energético; por ejemplo, las armas de destrucción
masiva. El arsenal existe y está en manos de los poderosos. Su utilización
masiva, sin embargo, no está exenta de producir daños “colaterales”
que a esos niveles si que van a salpicar a su propia tribu o grupo humano nacional
o racial. Incluso con bombas atómicas, bacteriológicas o químicas,
no es fácil desembarazarse del 75% de la población humana sin
que salpique a los ricos. Por no hablar de las conciencias, que suelen ser las
últimas en sentirse salpicadas, si la programación mental se lleva,
como hasta ahora, concienzudamente.

Y todo ¿para qué? Veíamos
que los que consumen ahora 75 de los 100 disponibles, si tiene éxito
y hacen “desaparecer” a los terroristas que son el 75% de la población
humana, ganarán un 25 extra. Esto tiene dos limitaciones: la primera
es de ruptura del modelo de los vencedores. Si siguen pensando en crecer como
hasta ahora, a un ritmo de un 3% anual, en apenas 3 lustros más se habrán
comido la cuota de combustibles que les han comido a los pobres de la Tierra.
La segunda limitación es que en el nivel de producción y consumo
actual, se sabe que a partir del 2005 o 2006, la producción mundial de
petróleo llega a su cenit y a partir de ahí solo puede caer, según
se estiman entre un 1,5% y un 3% anual. Así pues, incluso aunque se consiguiese
“vaporizar” a tres cuartas partes de los habitantes del planeta,
sin efectos secundarios o “daños colaterales” para los ejecutores,
a ese ritmo, en otras tres décadas estarían también en
el nivel anterior a la eliminación masiva de inocentes, en nombre del
antiterrorismo y de los “intereses nacionales” y la “seguridad
nacional”. ¿Y luego qué?

Pues lo que se desprende es que luego,
es la lucha entre EEUU y Europa (con los restos de Canadá, Japón
y Rusia donde quieran ponerse), que son los grupos que ahora consumen, cada
uno, el 26 y 23% de la energía mundial respectivamente, siendo el 2 y
el 3% de la población humana. Si es que antes el planeta no se ha partido
en dos, como parece lógico. Éste último es un escenario
poco probable, porque ciertamente los pobres y esclavos del mundo van a tener
mucho que decir antes.

Así que como un ejercicio
de reflexión razonable, se propone a los habitantes de los países
fuelle y colchón de Europa y EE UU (el resto ya sabe bastante bien lo
que es sufrir en sus propias carnes), que empiecen a imaginar un mundo y una
sociedad, en su entorno y no en Nicaragua, por poner un ejemplo, cómo
sería la vida suya y desde luego la de sus hijos, con apenas y como mucho,
ocho bombillas encendidas sobre la cabeza, en vez de las sesenta que ahora lucen
con orgullo.

Pedro Prieto
Octubre de 2003.

NOTAS

[1] En el artículo ,los datos se ofrecerán
en vatios equivalentes, más fácilmente comprensibles que los julios
o las BTUs’ para el hombre de la calle. Para ello, se han tomado los datos
publicados por British Petroleum (www.bp.com)
en el 2003 y se han trasladado los consumos no eléctricos, por ejemplo,
de petróleo, gas y carbón, a vatios (la energía nuclear y la
hidroeléctrica ya se dan en vatios directamente. Los valores de conversión
utilizados, que son más que suficientes a efectos de entender los órdenes
de magnitud, son las que BP proporciona en su resumen de equivalencias, de las
estadísticas del 2003.

 Extraído enteramente de la página web  http://www.crisisenergetica.com (http://www.crisisenergetica.org/staticpages/index.php?page=20031023211754793)

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