Desde la torre – Francisco de Quevedo

Retirado en la paz de estos destierros,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversacion con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos
o enmiendan, o secundan mis asuntos;
y en musicos, callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra ! Oh gran don losef ! Docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor calculo cuenta,
que en la leccion y estudios nos mejora.

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Juan Rulfo: vocación de silencio, por Jorge Alberto Lozoya

Prólogo escrito por Jorge Alberto Lozoya(*) para el libro “México: Juan Rulfo: fotógrafo”.  Lunwerg Editores, 2001. Todos los derechos reservados a esta casa editorial.

El silencioso que ejercita su vocación enriquece el silencio. Hacia 1790 en Japón, durante una noche tranquila, el ermitaño Ryokan recluido en el interior de sus choza, toca el koto, que es un instrumento musical similar al salterio. Sólo que en este caso !El monje prescinde de las cuerdas! Más tarde, tan sorprendente actividad dará tema a un célebre poema de este grsn clásico de la literatura japonesa: “La melodía se desvanece, internándose en el viento y en las nubes. Mi voz, unida a su discurrir, es profunda. Con su amplitud llena los barrancos. Entre murmullos cruza montañas y bosques. Aparte de los sordos ¿Quién escucha estos sonidos?

La pasividad ejecutiva de autodeterminarse silencioso ha sido fuente de muchas de las más sublimes expresiones del arte oriental. Sin embargo, en Occidente pocos la han ejercitado a medida que esta época dislocada agudiza su estertor resulta frecuentemente incomprendida. En demasiadas ocasiones, el noble ejercicio de hacer el vacío interior para acoger tanto ala naturaleza como al Otro es motivo de mofa entre quienes alegran que el grito autocomplaciente es la única expresión válida de la libertad.

Juan Rulfo perteneció ala categoría superior de los que exploran el ser del silencio y, al hacerlo, edifican una nostalgia de la soledad para después habitarla. En un tiempo que confunde el parloteo con los significados profundos de la existencia, la obra de Rulfo resplandece y presagia los albores de una nueva era. De ahí su creciente atracción y el asombro que despierta entre los que descubren en ella algunas claves de enigmas escenciales.

El reconocido creador español Antoni Tàipes, al referirse a otro gran silencioso del arte contemporáneo, Balthassar Klossowski de la Rola (Balthus), afirma que sus pintura nos enseña que la vivencia de a realidad esencial y del misterio que el artista desea estimular no es la de un mundo sacralizado aparte, si no de una codificación sagrada que se halla en nosotros mismos, en nuestra propia naturaleza, en la magia de la vida es toda -es decir, la vida y la muerte-, incluidos los detalles cotidianos. Esta reflexión se aplica también en el caso de Rulfo, cuya aproximación a lo inmanente se lleva a cabo por medio de la intensa captación vivencial de lo asible en el entorno físico y moral del artista.

El mensaje de Rulfo e conforma en el ámbito real del apisaje mexicano, al que el autor se acercó con veneración. Como en su momento y cisrcustancia fuera el caso del escritor japones Ryokan, el silencio natural se inunda con la voz interna del poeta iberoamericano, a la que responden el horizonte y los muertos. Esta réplica, encarnada en textos e imagenes de gran belleza, constituyen una potentísima manisfestación de tánatos, cuya energía penetra misteriosos trascendentes.

La cualidad propiciatoria de los entornos naturales de México ha sido identificada por artistas y magos de muchas latitudes. La luz, la roca, el agua y el aire de los parajes de ese país allega la experiencia de los sublime con frecuencia prodigiosa. Siempre fue así y, a menos que los mexicanos nos empecinemos en rechazar dones de nuestro suelo, deberá seguir siéndolo.

Rulfo recogió este mensaje telúrico, que lo impregnó. Creada con la pluma o con la lente, su obra es testimonio de un rito doloroso. Es señal de acceso a facultades que están vedadas para la mayoría de nosotros: la posibilidad de levantar la barrera del tiempo y, acto seguido, poder dialogar con el terreno, sus criaturas y objetos.

Con Rulfo e parte de lo concreto para arribar al símbolo materializado, que a su vez conduce al vacío de lo eterno. La obra de arte, como marca iniciática, da fe del camino. La liturgia aparentnemente sencilla emboza misterios. El invocador oculta para proteger secretos. Desalienta al incauto. Deja señas para el alerta. El requiém orienta, abre el corazón. El fuego se enciende, el pregrino otea. El velo desciende y el silencio obliga, naturalmente.

Sin embargo, es fundamental hacer hincapié sobre la contundente presencia de la realidad en el discurso de Rulfo. Ello resulta imprescindible debido a la desafortunada tendencia contemporanea de evadir la contingencia de lo mágico. La carne y el hueso son, con el cactus y el polvo, la materia rima que este autor excepciona moldea en busca de lo trascendenete. En ello converge, una vez más, con la sabiduría de Asia y, desde luego, con la de los índigenas de México, que acaso seasn una y la misma.

Otro rasgo fundamental de la obra rulfianaes su férreo voluntarismo. Juan Rulfo es, ante todo, disciplina. La transparencia que irradia su trabajo prodigioso, a partir de la práctica más ardua sistematiza la experiencia, sin rigidizarla. Ve, oye, escribe y archiva para, tenaz, volver mil veces sobre lo dicho sacando brillo a cada voz. Margo Glantz, la gentil escritora que merecidamente ocupa ahora el que fuera el sillón de Rulfo en la Academia Méxicana de la Lengua, ha descrito con amorosa dedicación el trabajo de orfebre que caracteriza la producción de su antecesor.

La característica artesanal de lo rulfiano es especialmente evidente en la fotografía, a la que el autor se abocó con entusiasmo que se antoja juvenil. Se trata, sin duda, de una herramienta que el ojo del artista emplea para preservar una vibración de la luz o la cifra de un mensaje intuido.

Por otra parte, la textura sensorial de la prosa de Rulfo ha sido siempre reconocida. Oiga, por ejemplo, en Pedro Páramo: “En el hidrante las gotas caen una tras otras. Uno oye, salida de la piedra. el agua clara caer sonbre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. LAs gotas siguem cayendo sin cesar. El cántaro se desbarda haciendo rodar el agua sobre el cielo mojado.” Mire en El Llanto en llamas: Algunos ganamos para l Cerro Grande y arrastrándonos como víboras pasábamos el tiempo mirando hacia el Llano, hacia aquella tierra de allá abajo donde habíamos nacido y vivido y donde ahora nos estaban aguardando para matarnos. A veces hasta nos asustaba la sombra de las nubes.”

De ahí que el recurso de Rulfo a la fotografía se lleve a cabo de manera espontánea y lúdica. El aparato fotográfico resultaba útil y portatil, como los cuadernillos y papelitos que el autor prefería en sus anotaciones. Estoy seguro que los admiradores de su literatura les fascinará comprobarlo, cuando se lancen al reencuentro con el lenguaje del autor trasladado a sus mejores imágenes que este magnífico libro publica

Juan Rulfo escaló las mas altas cumbres de la literatura iberoamericana. Al llegar a la cúspide enunció un mensaje universal, para orgullo de nuestra gente y famam de nuestra tierra. Antes y después, calló.

(*)diplomático e historiador mexicano que durante diversos periodos se encargó de las relaciones culturales y educativas de su país con el extranjero. Como embajador de México en Israel dictó Cátedra Magistral sobre la obra de Juan Rulfo en la universidad de Tel Aviv. Conocedor de las civilizaciones asiáticas y profesor del colegio de México, fue directivo de prensa cultural, fundador de la televisión pública, secretario de la Comisión Nacional para la Unesco y director del Instituto Mexicano de cinematografía. Actualmente es el embajador mexicano en Malasia.

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Mirella Carbone

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La razon del viento

Las risotadas que enfrenta
la calma,
perpetua parece,
es lumínica
y ala vez expansiva,
aquella pregunta
que en diapason reclama
escondido de tu son,
enfermo en secreto del ayer,
la realidad,
paradoja realidad,
somnifero de sueños,
pasiones en diminuendo,
en su andar
es esquivo el relato
¿La pluma final?
Hojas en medio de nubes,
azules que cuesta nombrar.

Pútrida la razón que encarna su nombre.

Es cuestion prohibida,
escapa a su entorno.

Víctima de la bondad,
la miseria a flote cobardía.
¿Dónde están los sueños?
Si aun huyen de sus arcoíris.
Postrados entre los escombros
de sus sacrificios.

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Dios y el amor del hombre

Un hombre se acercó al filósofo Ramanuja y le pidió:
-¡Muéstreme el camino hacia Dios!
-¿Ya te enamoraste alguna vez de alguién? -preguntó Ramanuja.
-¿Enamorarme?¿Qué es lo que el gran maestro quiere decir con eso? Me prometí a mi mismo jamás acercarme a una mujer, huyo de ellas como quien inetenta escapar de una enfermedad. Ni siquiera las miro, cuando pasan cierro los ojos.
-Procura volver a tu pasado e intenta descubrir si nunca, en toda tu vida, hubo algún momento de pasión que dejase tu cuerpo y espíritu llenos de fuego.
-Vine hasta aquí para aprender a rezar y no cómo enamorarme de una mujer. Quiero ser guiado hasta Dios y usted insiste en llevarme hacia los placeres de este mundo. No entiendo lo que desea enseñarme.
Ramanuja permaneció silencioso algunos minutos y luego dijo:
-No puedo ayudarte. Si tú nunca tuviste una experiencia de amor, nunca conseguirás experimentar la paz de una oración. Por lo tanto regresa a tu ciudad, enamórarte y solo vuelve cuando tu alma este lleno de momentos felices.
Sólo una persona que entiende el amor puede entender el significado de la oración. Porque el amor por alguien es una oración dirigida al corazón del Universo, una plegaria que Dios colocó en las manos de cada ser humano como un presente divino.

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Camila Vallejos: presidenta de la FE Chile

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Nasrudin y el huevo

Cierta mañana Nasrudin (el gran metafísico Sufi que siempre fingía estar loco) colocó un huevo envuelto en un pañuelo, se fue hasta el medio de la plaza de su ciudad y llamó a los que estaban allí.
-¡Hoy tendremos un importante concurso-dijo.-Quién descubra lo que está envuelto en este pañuelo, recibirá de regalo lo que está dentro.
Las personas se miraban entre sí, intrigadas, y respondieron:
-¿Cómo podemos saberlo? Nadie aquí tiene poderes de adivino. Nasrudín insistió:
-Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está escondido dentro de una cáscara que se rompe con facilidad. Es un símbolo de la fertilidad y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos ¿Quién puede decirme lo que está escondido?
Todos los habitantes pensaron que Nasrudin tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie quería pasar vergüenza delante de los otros.
Porqué ¿Y si o fuese un huevo, si no algo mucho más importante producto de la fértil imaginación mística de los sufis? Un centro amarillo podía significar algo del sol o el líquido de alrededor tal vez fuese alguna preparación de alquimia. No, aquel loco estaba queriendo que alguien hiciera el ridículo. Nasrudin volvió a preguntar dos veces más, pero nadie se arriesgó a decir algo impropio.
Entonces él abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo.
-Todos vosotros sabíais la respuesta -afirmó-. Y nadie quiso traducirla en palabras.
Es así la vida de aquellos que no tienen el coraje de arriesgar: las soluciones no son dadas por Dios, pero estás personas procuran explicaciones más complicadas, y terminan sin hacer nada.

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